Reflexiones

Los preferidos


Nadie puede dudar  que Jesús debió ser un gran cultor de la amistad puesto que los evangelios se encargan de resaltar tal cosa.

Habría de ir a muchas casas pero, sin duda, su preferida debe de haber sido aquella de Betania.

Mucho debe de haber compartido con sus discípulos pero, sin duda, sus preferidos fueron Pedro, Juan y Santiago.

No es producto de un arrebato de irracionalidad el que la madre de Santiago y Juan pidiese, para sus hijos, un lugar preferente en el futuro reino. Es la resultante de una señalada preferencia de Jesús hacia ellos dos.

Cuando Juan habla de sí en referencia a la relación existente entre él y Jesús, se anima a decir “el discípulo a quien Jesús amaba”. Era, entre sus preferidos, el único que podía hacer tal afirmación.

¿Alguien puede dudar  que Jesús no amase a los demás discípulos?. Indudablemente que Juan era, para Jesús, su preferido.

Son preferencias que debieron ser notorias y evidentes puesto que, luego de casi cuarenta años (el tiempo en que aparece el primer Evangelio escrito), los evangelistas se encargan de hacerlas manifiestas.

Ello nos muestra, una vez más, la igualdad con la condición humana asumida por el Hijo de Dios hecho hombre.

Todos, nos guste o no, tenemos nuestros preferidos.

En cierta manera, decir de ellos, es estar diciendo de una suerte de selección dentro de los selectos.

En nuestra relación con los demás, siempre, casi inconcientemente, vamos realizando una natural selección.

Es una cuestión de, simplemente, afinidades.

Entre todos nuestros conocidos, a los que podemos querer y mucho, solamente algunos son esos seres a los que consideramos amigos.

La amistad no es un algo que se reparte a manos llenas por más que al amigo le brindemos nuestras manos llenas de nosotros tal como somos.

Pero, entre nuestros amigos, tenemos nuestros preferidos.

No son más buenos, ni más inteligentes ni mejores personas que el resto pero, por una cuestión de sintonía, son, únicamente, nuestros preferidos.

Quizás todo se reduzca a la certeza de que, por algunas razones, son seres a los que hemos aprendido a querer con admiración.

Quizás todo se reduzca al hecho simple de que ellos nos ofrecen actitudes o modalidades que sentimos nuestras o que quisiéramos, algún día, fuesen nuestras.

Quizás todo se reduzca a una cuestión de afinidad particular puesto que es una suerte de apuesta a la confianza y la cercanía.

Jamás podremos explicar la razón última de nuestra preferencia por determinadas personas por más que sepamos explicar los efectos que el hecho de ser nuestros preferidos hace a nuestro actuar.

Podremos recibir mil sonrisas pero ninguna posee la fuerza que posee la de nuestros preferidos.

Podremos disfrutar un sinnúmero de momentos con los demás pero ningunos serán tan disfrutables como son los vividos con nuestros preferidos.

Todo lo suyo despierta en nosotros connotaciones muy especiales. No por ser realidades especiales sino porque ellos son especiales para nosotros.

Sin lugar a dudas que esos seres son un auténtico disfrute así como los amigos son un verdadero privilegio que Dios nos regala.

Son seres que Dios pone en nuestra vida para que podamos vivir la misma con una sonrisa a flor de piel porque con el gozo de querer y ser querido.

Son esos seres que, como nadie, pueden revolotear en nuestra vida ayudándonos a ser mejores.

 

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