Reflexiones

Nada Simple


Desde hace años una vez al mes voy a compartir la eucaristía en aquel lugar.

Poco a poco he ido conociendo a los diversos integrantes de tal comunidad.

Fue así que conocí a aquella familia. La pareja y su hijo.

El chico tenía unos siete años cuando comenzó el camino de la preparación a su primera comunión.

Recuerdo los nervios cuando su primera reconciliación. Pocas palabras dichas en voz casi susurrante.

De cuerpo menudo y unos nervios que le ganaban a su natural timidez.

Con el paso del tiempo, periódicamente, nos acompañaba en alguna celebración.

Era, aquel chico, los ojos de su madre. No lo mimaba pero no podía ocultar el amor por su hijo. Ya no era un niño sino que era un jovencito asomándose a la vida.

Me llega un mensaje avisándome que, el joven, había fallecido en un accidente a sus 19 años.

No podía creer lo que se me informaba ya que suponía lo que debía estar pasando aquella pareja.

No era la primera vez que debía acompañar a una familia en una situación similar pero sentía que un nudo se formaba en mi garganta ante lo sucedido.

Me resistía a asimilar no he podido acostumbrarme al paso de la muerte de algún ser conocido.

Me resistía a ir a encontrarme con aquellos padres que estarían muchos más que destrozados. Sabía ellos también morían un poco con la pérdida de su hijo.

Sabía que, al encontrarme con ellos, no tendría ninguna palabra para decirles y si las tenía no la habría de pronunciar.

Le solicité a la madre poder hacer una oración en el cementerio y me respondió afirmativamente.

Con el paso de las horas me arrepentía de haberme ofrecido a una oración.

Sabía podía tomar cualquier texto como ayuda del momento pero, también lo sabía, no podía hacer tal cosa.

Debía acompañarles con una oración pero los recuerdos se me amontonaban en la garganta y todo me parecía muy difícil.

Me dijeron el sepelio era a las 16 pero, al llegar, me entero debía esperar media hora más y agradecí a Dios ese tener un tiempo más para pensar unas palabras.

Me decía que tengo más de cuarenta años de cura y no podía no tener elementos como para afrontar la situación.

Me alegraba no caer en una fórmula que me alejase de la situación que ellos vivían.

Muchas veces he manifestado la necesidad de conservar los pies sobre la tierra y ellos me pesaban impidiéndome caer en alguna fórmula pre establecida.

Al llegar el momento del sepelio volví a preguntarle a la madre si deseaba una oración. Era, tal vez, la última oportunidad de salvarme de un algo que se me hacía muy difícil.

Sé que mi oración fue producto de lo que experimentaba y ello no era nada fácil de poner en palabras.

Me reconfortaba estar pasando por la situación que me tocaba pasar puesto que me sentía en un mismo plano de dificultad, aunque no de dolor, que aquella pareja que, sin duda, no encontraban, desde su corazón destrozado, palabras para explicar lo que estaban viviendo.

Esperaba que muchas de aquellas presencias con los ojos rojos y desbordados de humedad no escuchasen con mucha atención la pobreza de mi oración pero, en un determinado momento escucho a la madre decir: “Sí, así era él”. Estaba prestando atención a mis palabras y un nudo se atragantó en mi voz.

Mientras regresaba a la parroquia me decía había sido muy honesto y compartido desde el corazón.

Me decía del desafío de no dejarse acostumbrar a las cosas de la vida y limitarme a ser un funcionario de una tarea.

Me decía de lo difícil que ha de ser para muchos encontrar consuelo cuando uno no puede encontrar una media palabra que sepa sea útil en una situación así.

Me decía de lo difícil que ha de ser poder superar un momento tan duro de la vida.

Solamente Dios puede regalar esa palabra que brinde, de a poco, trozos de consuelo para ello

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