Reflexiones

Conviértanse


Acompañando sus signos y sus primeros pasos Jesús llamaba a la conversión

Era lo que pedía a aquellos primeros que se acercaban a Él.

Era, casi, la condición para recibirle.

Era una invitación a un cambio de actitud para con Dios.

Sus primeros seguidores vivían la cultura religiosa de su tiempo.

Para ellos lo más importante era el cumplimiento de la Ley.

No existía otra forma de relacionamiento valido y seguro.

Jesús invita a una conversión.

Lo suyo va a ser un choque progresivo con esa cultura.

Al presentar a Dios como un Padre cercano va a modificar el centro de la religión.

Para Jesús, en esa relación con Dios, nada es más importante que el otro.

Para Él la Ley queda supeditada al trato con el prójimo.

Ese va a ser el centro de su propuesta y, por lo tanto, la razón de su invitación a la conversión.

Ya, según Jesús, ha llegado el momento de centrar todo en la relación con los demás que es la manera de tener a Dios como centro.

La razón de la necesidad de la conversión radica en el hecho de que “el Reino de Dios está cerca”

Y ambas cosas van de la mano y resultan inseparables.

El Reino de Dios es esa instancia donde el hombre recupera la plenitud de su dignidad.

El Reino de Dios es una realidad bien humana y no una situación idílica o lejana.

No por nada, en reiteradas oportunidades, Jesús va a compara el Reino con un banquete.

Banquete donde los que se sientan en torno a la mesa lo hacen en un nivel de igualdad.

Banquete donde los invitados comparten la misma distinción.

Cuando Jesús busca poner un ideal del Reino propone situaciones bien humanas puesto que el Reino de Dios no está lejos de lo humano.

Para los contemporáneos de Jesús tal propuesta implicaba un cambio muy importante y nada sencillo de realizar.

Llevaban mucho tiempo teniendo como centro de sus vidas a la Ley y eran invitados a convertirse poniendo como nuevo centro a la persona del otro.

Era romper con un esquema de mucho tiempo para pasar a un algo lleno de novedad.

Encontrarse con el otro y vivir allí el encuentro con Dios implica estar abiertos a la novedad constante.

No hay recetas que puedan decir de la realidad del otro puesto que la misma es, siempre un algo a descubrir.

Al otro no se le puede inventar sino que se le debe descubrir.

El otro no es un algo ya descrito en algún texto o manual sino que es un alguien a quien se debe ir, progresivamente, descubriendo.

Esta realidad está llena de novedad porque cada uno está inmerso en un cambio constante.

Los contemporáneos de Jesús tenían determinado hasta el más mínimo detalle.

Jesús les invita a la conversión a lo indeterminado y tal cosa siempre es costosa.

Quizás ya no vivimos aquella religión dirigida pero sí vivimos una religión de lo determinado donde los ritos poseen una fuerza muy particular.

Hoy sigue, Jesús, invitándonos a la conversión.

Sigue siendo necesario poner en el centro de nuestra relación con Dios la persona del otro.

Hoy continúa diciéndonos: “Conviértanse” 

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