Reflexiones

Puede mejorar


¿Quién es el sabio?

Sin lugar a dudas que la sabiduría no es una cuestión de posesión de conocimientos.

Sin duda que no es una cuestión de años o de nivel económico y sus posibilidades.

La sabiduría no pasa por un desempeñar determinados cargos o poseer concretos títulos.

La verdadera sabiduría es una cuestión de postura ante la vida.

El verdadero sabio es aquel que logra hacer que la vida pase por su vida.

Es aquel que jamás pierde la capacidad de asombrarse, lo que le permite vivir cada día  disfrutándolo como si fuese el primero que aprende a disfrutar.

Es el que sabe descubrir y contemplar cada pequeña cosa en su dimensión de gratuito misterio.

El sabio es un oyente permanente. Siempre está atento a lo que cada día tiene para decirle y para ayudarle a bien vivir.

El sabio tiene conciencia de su estar en un constante caminar y por ello vive como peregrino. Jamás se detiene a establecerse definitivamente.

Descubre que las dificultades pueden enfrentarse con una sonrisa a flor de piel y que las alegrías tienen la seriedad de lo transitorio.

El poseedor de la sabiduría no se esconde en sus debilidades ni hace alarde de sus fortalezas. Se acepta como es y ello es lo que brinda.

La sabiduría le otorga la capacidad de no confundir sus sueños y vive en pos de la utopía. Jamás cree que ha logrado el sueño definitivo y, por ello, permite que los sueños sean generadores de otros sueños.

El ser humano sabio aprende y aprehende. Asimila, incorpora, hace suyo y, recién allí, comparte. No es un repetidor sino un trasmisor.

Verdaderamente es sabio aquel que logra intentar acercarse lo más posible a las más intrincadas connotaciones de la coherencia.

Generalmente es un ser criticado porque su sola presencia es motivo de escozor incómodo  para quienes prefieren quedarse en la anodina mediocridad.

Frecuentemente es calumniado ya que es incomprendido y cuando alguien muestra que es posible un poco más, en lugar de animarnos a subir preferimos enlodar su camino para intentar bajarle.

Pero ninguna de las dos realidades llega a incomodarle porque vive en pos de sus sueños y sabe que su camino, correcto o equivocado, es el que eligió para intentar lograrlos.

El sabio, como todo ser humano, comete errores pero su grandeza radica en que no se avergüenza de reconocerlos.

Lo verdaderamente lamentable del ser humano es cuando, por orgullo o cobardía, no se anima a reconocer sus equivocaciones.

El hombre sabio es un eterno inconformista puesto que, como se sabe en camino, siempre descubre que está aprendiendo y puede mejorar; crecer y continuar enriqueciéndose como persona.

Jamás da recetas o fórmulas mágicas puesto que muy bien sabe que éstas no existen. Siempre comparte su experiencia para alentar a otro a que, también, realice su propio camino.

Llega a descubrir el auténtico contenido de las cosas que hacen a su entorno y, constantemente, escucha la voz de la realidad para ir en pos de los mejores colores.

De las flores toma sus colores, de las aves bebe su libertad, las estrellas le brindan su tesón, las mariposas la dulzura y de entre todas ellas hace el alimento diario para que su ser se brinde con lealtad.

Su riqueza no es medible desde nuestros parámetros pero, sin lugar a dudas, lo suyo es un inmenso tesoro.

No es de los textos, no es de los negocios, es de la vida misma, de lo cotidiano, de donde extrae esa su riqueza que le hace ser un gran ser, porque un ser sabio.

  

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