Reflexiones

Leyenda


Muchas leyendas, al igual que algunos relatos, comienzan con el infaltable: “Había una vez”
Esta leyenda comienza de esa manera y hace referencia a los duendes.
Dice que hubo un tiempo donde abundaban los duendes.
Ellos eran los poseedores de todos los bienes del universo.
Por ello aquel tiempo era un tiempo donde todo era hermosura.
Los duendes sabían vivir en armonía y felicidad.
Nada proyectaba sombras sobre la vida de los duendes.
Pequeños o traviesos, gruñones o laboriosos, inteligentes o divertidos.
Los duendes se conocían y respetaban la originalidad de cada uno.
Entre ellos no había envidias ni celos solamente risas y armonía.
Pero, como suele suceder, un día las cosas comenzaron a cambiar.
Por algún lugar aparecieron los humanos.
Estos no se conformaban con lo que tenían sino que se iban apoderando de más y más espacios.
Los duendes no podían convivir con aquellos seres.
Seres que peleaban y discutían.
Seres que se adueñaban y olvidaban compartir.
Seres que se envidiaban y causaban disturbios.
Aquello no era para los duendes que, lo veían, cada día perdían lugares donde estar.
Un día se reunieron y hablaron de aquella amenaza.
Sabían ellos no tenían espacio en el mundo de los humanos.
Debían prepararse para desaparecer.
Uno de ellos preguntó: “¿Qué hacemos con la felicidad?”
Todos a coro reconocieron que la felicidad no podía desaparecer con ellos.
Resolvieron esconderla para no privar al mundo de aquel tesoro.
“Escondámosla en las raíces de algún poderoso árbol” sugirió uno de ellos.
El más anciano y cargado de sabiduría manifestó su negativa ya que los humanos con sus máquinas habrían de quitar los árboles para apoderarse de la tierra.
“Escondámosla en la cumbre de alguna montaña ya que allí no podrán llegar” manifestó otro.
El anciano volvió a oponerse ya que los humanos no dudarían en llegar hasta la más alejada de las cumbres con tal de poseer un algo más.
Fue, entonces, que uno de ellos sugirió una propuesta que dejó sin palabras a todos.
Hasta el anciano no supo decir algo en contra.
Todos, con un fuerte aplauso, dieron por concluida la reunión y aceptada la propuesta.
“¿Por qué no la ponemos en el corazón de ellos? Allí no la habrán de buscar”
Así lo hicieron y, desde entonces, la felicidad se encuentra resguardada en cada corazón.
Muchos han sido los buscadores de felicidad en las cosas externas y han quedado lejos de ella.
Muchos han sido los buscadores de felicidad en el poder o el dominio y se han quedado con las manos vacías.
Algunos han sabido buscar en su interior y han tenido la dicha de encontrarla.
La felicidad está en aceptarse como uno es y buscar ser coherente con ello.
La felicidad radica en saber disfrutar las cosas bellas del día a día.
La felicidad se encuentra en cuanto uno es capaz de brindar lo que es.
La felicidad se halla en la medida que se es capaz de intentar ser útil para los demás.
La felicidad es esa realidad interior que nos hace saber útiles para ayudar a otros a encontrarse con ellos mismos.

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