Reflexiones

Sones de la Pascua


 

El mundo cristiano ha celebrado su fiesta más importante.

Es la fiesta de la razón de ser de todo su creer.

Sin ella todo lo demás se empequeñece y opaca.

Es la fiesta de la luz en su mayor esplendor.

Es el día que no tiene final y la esperanza que no se agota.

Desde un salto al vacío, desde la fe, podemos aceptar tal creencia.

Es la manifestación plena del amor y, por lo tanto, no resiste lógica alguna posible.

Cuando al amor pretendemos hacerlo entrar dentro de los cauces de la lógica de los humanos, lo desvirtuamos y empobrecemos.

El amor siempre posee esa inmensa cuota de gratuidad que le hace imposible de encasillar dentro de los parámetros de nuestra lógica.

En esa dimensión de lo gratuito y lo mistérico es que debemos leer la celebración de la Resurrección de Cristo.

Repentinamente, la historia de los hombres, adquirió una dimensión nueva y distinta.

Jamás nuestra pequeña mente humana podrá comprender, en su totalidad, tal misterio.

Jamás nuestra limitada capacidad de amar podrá corresponder a semejante gesto de amor de Dios.

Para que no viviésemos sumidos en las oscuridades de nuestras mezquinas noches es que quiso que nuestra historia se colmase con su luz.

Para que en los momentos de gris desesperanza pudiésemos, mirando al horizonte, descubrir esa constante luz que nos impulsa a caminar.

La Resurrección de Cristo no es, solamente, la culminación de todas sus palabras sino que es, también, el regalo de una voz viva para  los hombres de todos los tiempos.

Es la voz que nos dice que vale la pena apostar por la verdad por más que, a no dudarlo, más de una contrariedad habrá de vivir quien realice tal apuesta.

La cruz podrá resultar pesada e inhumana, podrá parecer que se lleva la vida de quien la carga pero, siempre, conduce a la realización plena de quien la vive.

Lo de Dios siempre triunfa en lo de los hombres.

La Pascua comienza a involucrar toda la historia de los hombres.

Siempre se está viviendo con la posibilidad de estar inmersos en un proceso pascual.

No es un proceso que se imponga sino un camino que se acepta y asume.

No es un camino que algún iluminado nos impone sino un algo que se acepta pese a lo limitado de nuestras capacidades.

La Resurrección no está rodeada de lo espectacular ni de lo deslumbrante sino que se realiza en la más absoluta soledad de un sepulcro.

Todo lo de Cristo va acompañado de lo sencillo y pequeño para que se tenga el coraje de vivir en consecuencia a ello.

Es darle valor y trascendencia a esos pequeños gestos que dicen de cercanía para con los demás.

Pequeños gestos que adquieren importancia y elocuencia para quien lo recibe pero realizados desde la certeza de que es lo más que se puede realizar.

Vivimos en un tiempo donde todo nos lleva a vivir con tanta prisa que no se tiene tiempo para detenerse a valorar lo más pequeño.

Vivimos en un tiempo donde muchas cosas hacen saber que el mundo no es de los pequeños y excluidos.

Los triunfadores son aquellos que poseen, de alguna manera, el poder como para imponerse a los demás.

Allí, en este hoy, adquiere una dimensión plena de profetismo, la Resurrección de Cristo.

Para que muchos se sientan valorados y aceptados en su pequeñez o sencillez.

La Pascua es para los que aman a pesar de todo.

Es para los que son capaces de llevar la cruz con una sonrisa a flor de piel.

Es para los que están atentos a las necesidades de los demás y son capaces de tomar la iniciativa.

La Pascua es una postura ante la vida  vivida con sencillez y desde los pequeños gestos cotidianos.

La Pascua es para los que actúan con buena voluntad y con el nada fácil propósito de continuar a Cristo.

 

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