Reflexiones

Visita doble


Desde hacía unos días tenía ganas de ir a visitarle.

Esas mis ganas debieron cambiarse por un recibirle.

Venía a mi casa para compartir unos mates y conversar un poco.

Con gusto comencé a esperarle y cuando llegó hacía un rato le estaba esperando.

Mesa mediante intercambiamos unos mates y algunos cuentos.

Disfrutaba de aquel momento.

Sus “No podés, Martín”, mientras se tapaba el rostro, me ayudaba a aumentar el placer de su visita.

Cuando despierta un cuento sus manos revolotean en mil direcciones.

Cuando escucha un relato sus ojos se agrandan de pura atención.

Pasamos un buen rato intercambiando anécdotas.

En oportunidades la conversación ahonda reflexiones profundas.

Disfruto compartir con esa persona.

Sabe que con todo cariño le ofrezco mi hombro y mi oreja.

Me importa e interesa todo lo que hace a su vida.

Con todo gusto le brindo el escucharle o el darle trozos de mi historia personal.

No viene con solemnidades ni con formalismos.

Llega con lo que es y naturalidad.

Luego que se marcha no puedo dejar de agradecer a Él que viniera a visitarme.

Siempre que dejamos entrar a alguien a nuestra vida permitimos que Él entre.

Nos visita para ayudarnos a valorar lo que somos y a transformar nuestra vida.

Nos la transforma desde el regalo de una sonrisa.

Nos la transforma desde su acercarnos a nosotros.

Nos la transforma desde su hacer que esa persona gane más espacio en nuestro interior.

No nos apabulla con su presencia puesto que dice de amor.

No nos amilana con su cercanía sino que nos dice de cercanía y espontaneidad.

Podemos ser nosotros mismos sin temor al ridículo.

Podemos ser nosotros mismos sin temor a equivocarnos.

Podemos ser como somos puesto que sabemos de su conocernos y aceptarnos.

Cuando dejamos que se apodere de nuestro tiempo el mismo se nos hace pleno.

Allí experimentamos el placer de estar ganando el tiempo.

Todas nuestras prisas pierden completo sentido.

El tiempo mismo se torna lento porque es todo deleite y gozo.

Ninguna palabra se pierde, ningún gesto resulta indiferente.

Todo adquiere novedad y plenitud.

Su visita es, siempre, una invitación a un mayor compromiso.

Su visita siempre reclama un algo más de ternura y afecto.

Su visita pide gestos de cercanía, cariño y compromiso.

Llega un momento en que se termina la visita y se marcha tal como ha llegado.

Pero nunca se marcha totalmente.

Se queda en el corazón desbordado de sonrisas.

Se queda en el oído repitiendo sus palabras.

Se queda en la memoria repasando sus gestos.

Se queda en la satisfacción de su presencia cercana.

Se queda en la alegría de su cariño cercano.

Jesús siempre está visitándonos.

Para recordarnos que no estamos solos y que cuenta con nosotros.

Para dejarnos su sonrisa revoloteando por nuestro ser.

Para que nos quedemos con el deseo de una pronta visita.

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