Reflexiones

Las Manos


Ellas son, sin lugar a dudas, nuestro mejor lenguaje.
Con ellas le hacemos saber a los demás cuánto nos importan.
Con ellas decimos, desde muy diversos tonos, de verdades como solidaridad y cercanía.
Desde ellas pronunciamos tanto nuestras mejores como nuestras peores palabras.
Nuestras manos dicen de nuestras incoherencias como de nuestras búsquedas.
Ellas pueden pronunciar un elocuente sermón como pueden decir la más escueta de nuestras palabras.
En el campo de la fe nuestras manos se convierten en el instrumento con el que escuchamos a Dios.
La palabra de Dios nunca llega hasta nosotros para quedarse en nuestro interior.
Lo suyo siempre dice de actitudes o involucramiento con tareas.
Lo suyo siempre dice de compromiso real y concreto.
Escuchar la palabra de Dios es, siempre, hacer algo.
Lo suyo nunca se limita a sentimientos o propósitos interiores.
La suya es una palabra viva que hace a nuestra vida.
Constantemente nos está impulsando a salir de nosotros y a implicarnos en algún quehacer.
La suya es una palabra que nos está impulsando a que nuestras manos se llenen de vida, de actividad y realismo y así, únicamente así, de oración.
La palabra de Dios no se conforma con que nuestra oración se convierta en un efluvio que crece en nuestro interior y allí se perdura.
Inexorablemente siempre nuestra oración debe conducirnos, porque diálogo con Dios, a un compromiso vital.
Escuchar su palabra es, siempre, sentirle hablar de nuestra relación con los demás y la necesaria necesidad de realizar algo por ellos.
Nos conoce y, por ello, jamás nos pide algo que sobrepase nuestras capacidades pero siempre nos pide algo.
Constantemente nos está brindando razones para que nos involucremos en la construcción de un mundo pleno de sentido común.
Ese es su reinado que debe ser realidad tangible y construida desde nuestra colaboración.
No pretendamos colaborar en la construcción de un reinado de Dios donde nuestras manos no sean necesarias.
Pretender tal cosa es buscar algo que no es lo propuesto por Jesús.
Voz y manos, una dinámica que no puede ser separada.
Voz y manos, una dualidad que dice de nuestra fidelidad.
Voz y manos, una realidad que nos compromete con el proyecto de Dios.
Voz porque no es lo que se nos ocurre ni lo que nos viene en ganas.
Voz porque es estar disponibles para lo que Él disponga.
Voz porque es intentar responder a la finalidad de nuestra existencia que siempre es Él.
Voz porque lo nuestro sin lo suyo se pierde en la pequeñez de nuestras fuerzas.
Lo nuestro es transformador cuando es, también lo de Él.
Lo nuestro es plenamente dignificante cuando hunde sus raíces en lo suyo.
Lo nuestro adquiere verdadero sentido cuando es respuesta.
Escucha y realización es lo que espera de nosotros.
A cada uno conforme su realidad.
A cada uno conforme lo que es.
Su palabra es viva porque está dirigida a seres inmersos en una realidad concreta.
Su palabra es viva porque dice a cada uno según su identidad particular.
Su palabra es viva porque nos hace tomar conciencia de lo que nos rodea y debe cuestionarnos.
No somos espectadores pasivos de la realidad.
No somos víctimas de lo que nos rodea y condiciona.
Estamos allí para realizar un aporte único e insustituible.
Para ello debemos saber escuchar lo que Él tiene para decirnos.
Eso que escuchamos debemos saber transformarlo en un intento que nos debe tener como gestores.
Por ello nuestras manos son palabra y oído de nuestra realidad interior.

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